Blog de Héctor Solasso

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viernes, 9 de enero de 2015

A AMHED BAKIR, MUERTO EN GAZA

Del muro de 
Daniel R. Santoro



Si un comando de la OTAN, en una operación con apoyo externo, mata a diez periodistas iraquíes desarmados, se trata de un efecto colateral y nadie se pone una remera que diga "Yo soy Abdul" o "Yo soy Sadam".
Ni se conduelen millonarias estrellas de rock ni se escandalizan gobernantes que un minuto más tarde ordenarán bombardear alguno de esos lugares desérticos, llenos de quienes serían nuestros negros del siglo XXI: los árabes.

Los inventores de la óptica, la destilación, la astronomía y el ajedrez como lo conocemos hoy - entre otras cosas - son tratados de bárbaros por representantes de países que cometieron el genocidio más atroz de que se tenga noticias, el de 60 millones de indios y el que le sigue: la Shoá. Además de haber arrojado aquellas bombas en Nagasaki e Hiroshima, máximas "armas de destrucción masiva" conocidas hasta la fecha.Sin ir tan lejos, hace pocos meses - o aun hoy - las "potencias de occidente" explicaban la necesidad de masacrar civiles en Gaza, como quien desarrolla una teoría beneficiosa para la humanidad.

¿Esta bien que hallan matado a esos pobre tipos en Francia? Claro que no. Pero quiero que te quede claro algo.
Si vos sos Charlie, yo soy Amed Bakir.
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miércoles, 24 de diciembre de 2014

Cuando los poetas vienen marchando






      Titantos años, periodista, egresado de la Escuela de Cinematografía, especialista en la materia, y en otra que no se estudia en la Escuela de Bellas Artes:el jazz. Estas dos ultimas especialidades son casi una manía. Minucias, pavaditas comparado con lo que realmente es: poeta. Uno de los mejores poetas de Córdoba, si no el mejor. Cada vez que se intelectualiza sobre si existe o no una poesía, una música, un teatro, una literatura específicamente cordobesas, me río, porque pienso, entre otras manifestaciones, en la poesía de Salzano, "ciudadano del mundo" como debe ser todo artista, y para quien la influencia (o la pasión) cinematográfica, jazzística, no constituye impedimento para pintar, como pocos pintaron, esta Córdoba entrañable de ayer, de hoy y de mañana, sin falsas concesiones a un mal entendido provincialismo
 Al contrario, dándole la jerarquía orgullosa y necesaria que permite a Humphrey Bogart, Marilyn Monroe, Jerry "Roll" Morton pasearse por la Avenida Olmos o por la Cañada como si fueran de por acá nomas, especies de turistas que llegaron alguna vez y se quedaron en un mundo de sueños y de vivencias reales, desde el cine Mundial, el Capitol, el cine Real, hasta la Córdoba entrañable que anhelamos.
Dos libros publicados lo certifican: "Oh beibi..." (1969) y "Versos que escribí para que tocara Jelly" (1974). Colaborador de un diario de nuestro medio desde España, donde pronto aparecerá "Los versos de Amador" y del cual nos dejó dos poemas inéditos, pasó fugazmente por esta ciudad no hace mucho tiempo, oportunidad para charlar y tomar varios cafés, algo que de ninguna forma podría ser llamado un reportaje.

La cita era en la Confitería Real, a pocos metros del Teatro Comedia. A la confitería no la reconoció. Al teatro menos, por supuesto, con sus ostentosas y discutibles remodelaciones. Atardecía. La charla iba a ser demasiado breve, concertada a último momento, limitada por los apurones y compromisos de los preparativos del viaje. Esa misma noche partía.
Se detuvo un taxi y descendió Salzano. El taxi arrancó, y mientras se alejaba, él agitó su pañuelo Pringles. Tras la luneta trasera del coche que ya se perdía, me pareció ver una mano que agitaba a su vez una despedida, y una blonda cabellera rubia. Pensé en Marilyn, y con un dejo de tristeza murmuré: "Oh, beiby...".
Daniel se encaminaba hacia la puerta de la confitería, todavía agitando su pañuelo, ensimismado, cuando tropieza con un hombre de estatura mediana, delgado, enfundado en en un gastado impermeable, el ala del sombrero sobre los ojos. Salzano, azorado, se disculpa, pero el hombre, sin mover un músculo de su duro rostro, le aprieta fraternalmente, casi con cariño, un brazo, y se pierde entre la gente. Juro que era parecido a Bogart. Desde la vereda de enfrente, un negro ha estado contemplando risueño la escena, mientras la punta de su zapato charolado marca algún ritmo de jazz. Pienso en Jelly ("cómo que qué Jelly..."). Espero a que Salzano, con su paso cansado, llegue hasta mi mesa. Vuelvo a ver el tránsito habitual de la calle Rivadavia, el humo de los coches, la gente trajinada.
Se sienta, me saluda y me dice "Hermano, mira qué triste el Monserrat...", y los dos nos ponemos tristes, aunque no estemos frente al Monserrat. Se lo ve como ausente, algo típico en las personas que están a punto de partir. Lo hemos visto a menudo últimamente. Habla, además, con cierta amargura.
"Qué cambiada que está Córdoba, qué cambiada esta la gente, ya casi no conozco esta ciudad...". Le digo:Te estás engañando, la gente es la misma, la ciudad es la misma, salvo, claro, algunos amigos que no están, vos sabes, las condiciones de trabajo para el artista, acá no son fáciles. Sin embargo, Córdoba bulle de actividad cultural, casi no hay nadie que no esté haciendo o con ganas de hacer algo, de crear, de resistir... Salzano:"¿Te parece..? Bueno, si vos lo decís... he estado tan poco y ya tengo que irme. Será que desde allá veía todo como antes, extrañaba. Pero me parece que estuviera todo cambiado, mira ese teatro, lo que antes era el viejo Comedia... y ese otro mamotreto, ¿qué tiene que ver con el cine General Paz. ¿Te acordás del cine General Paz..?". Claro que me acuerdo, respondo, pero la ciudad cambia, es el progreso, y está bien que así sea, aunque a veces el progreso nos haga doler la nostalgia. Salzano: "Si, quizás tengás razón... Pero, ¿y los poetas, donde están los poetas..? Creo que no tendrías que hacerme una nota a mi, creo que nosotros tendríamos que dar lugar a los jóvenes para que se manifiesten. Ahora tendrían que escribir ellos. Sabes, me siento un poco viejo. Pero, ¿adónde están los jóvenes..? Solo conozco a la gente de nuestra generación. He andado viendo, buscando, me han hecho llegar algunas cosas, pero no encontré nada bueno, o casi nada...".
Bueno, no es exactamente así, le digo, aparte que la que debe ser joven, pienso, es la poesía, no los escritores. Lo veo reír, pero inmediatamente vuelve esa especie de cansancio, esa amargura al hablar, que para mi, no es otra cosa que la ausencia, la distancia.
Salzano: "Vos sabes, allá estoy bien, trabajaba en una empresa norteamericana, en España hay mu- chas, y cerró, y como existe un seguro de desempleo, algo así, me tienen que pagar el 70%  durante un año, así que yo (hace un corte de manga) bárbaro, no me separo de la máquina de escribir, vieras como rinde... Ya terminé un nuevo libro, "Los versos de Amador" (me anticipa cuatro poemas) con un personaje hilatorio. Quisiera escribir sobre los españoles, hay tanta riqueza humana, tanta espontaneidad, la encontrás en todos lados, en la gente, tantos matices... Pero estoy como bloqueado, no puedo, debe ser que extraño esta ciudad que quiero tanto...".
Y así seguimos charlando, nostalgiando, mirando pasar la gente por la calle Rivadavia, el humo de los coches, el humo de nuestros cigarrillos, los pocillos vacíos de café. Afuera, en algún lugar de la noche que comienza, alguien le dirá una grosería a una puta, "sin tener la menor idea de quien inventó la luna...".
Salzano: "Tengo que irme, tengo que hacer las valijas, tengo que pasar por Elodía para verlo a Raúl Ceballos, me gusta tu nuevo libro, tengo que hacer las valijas, qué cambiado está todo, "ustedes sigan andando que yo seguiré cantando, estoy en mis buenas manos, estoy en mis buenas manos...".
Nos despedimos. Esta vez no hay taxis con fantasmas de Marilyn, ni pasa Booguie, ni Jelly ni nada.
Los fantasmas también están en sus buenas manos. Pido otro café. Pienso que Daniel Salzano es uno de los mejores poetas cordobeses, y me da rabia saber que acaso sienta que perdió "el porahí, el paraqué, el por favor/ las mejores municiones de un poeta...".
También siento rabia por no poder conocer más cosas de Amador, y por haberme olvidado, en el apuro, de preguntarle por el oso, por Boris.


Las causas de Amador

Por un palo borracho
por un perro que busca los huesos de la muerte
por una baldosa sin dientes
por los jubilados sin gloria
por un estudiante desesperado
por una mujer
cualquier mujer
que lo esperara a la vuelta de la esquina
por un cartero que se va
por el café que gira y gira y gira
por las empleadas de Ompré que se peinan en vano con rodete
por las prostitutas viejas que leen las vidrieras de Clarín
por las prostitutas jóvenes que no saben leer
por un libro robado
por un filme de Buster Keaton
John Garfield
por una pizza cuajada de lágrimas
por ti tristeza
por un tren que llega y ella no llega
por la Cañada que se va hacia el río que no viene
por el gigantesco circo Sudamericano
por un sandwich con mermelada de clarinete
por el pájaro que espera en el bosque de mi corazón
por los ciclistas de rabia amarilla
por el aire que a la tarde no se baila
por el vals del Paseo Sobremonte
por los sacristanes que pasean de la mano
por los mocos fríos de los niños que nos miran
por los presos que nos llaman
por un fósforo sin dueño
por un dueño sin cigarros
por cualquiera de ellos
por tan solo uno solo de todos ellos

Amador se quedaba.


Pedazo de su corazón

Señor, apiádate de los enanos de los hijos de los enanos
de los domadores de las prostitutas de los actores de variedades
de los borrachos de las mujeres barbudas
porque ellos se apiadan de mi.
Señor, acuérdate de los soldados de los carteros
de los ordenanzas del oso Boris
acuérdate del Parque Sarmiento
porque ellos se acuerdan de mi.
Señor, dales reino en tu cielo
a Stan Laurel,  Oliver Hardy, Harpo Marx,
Buster Keaton, Billy Holliday y Jolie Libois
porque ellos te conservaron como una espina
en sus espléndidas cabezas.
Señor, que mañana amanezca con barcos la Cañada
que crezca el arbolito del Hotel Astoria
que vuelva el circo Sarrasani
y se quede.
Señor, que los gatos sigan siendo gatos
que los techos sigan siendo lunas
que alguien me quiera como yo lo quiero
que mis libros vivan de pié
y mi moto
y mi perro que no se duerme si no me duermo.
Señor, no he visto nada más hermoso que un niño dormido.

Así rezaba Amador con la cabeza agachada
mientras el silencio suavemente lo lamía
y soñaba que angelitos
lo soñaban.






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miércoles, 10 de diciembre de 2014

Carta abierta al General Menéndez







                                                               Al camarada Lucho Yankilevich, que conoció
                                                               La Perla, y aún sostiene dignamente sus certezas.





De nuestra consideración:

Difícilmente pueda usted imaginar
con qué respeto le enviamos estas líneas
esta memoria de sombras
nuestra sagrada sombra.

Qué profundo respeto a esta enorme estatura de huesos
nuestros huesos
al fin y al cabo suma plural
innominada
de tantas otras sombras.

Pedimos para usted, general,
bandera blanca
los miles de pañuelos de todas nuestras madres
banderas sin perdón sin olvido y sin tregua.
Nosotros, justamente, pedimos por su vida,
Nosotros, para quienes decretó usted la muerte
que imaginó artera, vergonzosa y oscura
y sin embargo hoy
nuestra muerte es victoria.

Eso es lo que lo aterra. Hoy ya no somos sombra
y nuestros huesos se alzan formando batallones
que marchan a luchar por la paz, por la vida.
Nosotros contribuímos a derrotar el miedo
a unir toda la sangre de nuestra patria herida
herida por ustedes, soldados sin batallas,
héroes de miserables misiones punitivas.

Pedimos para usted, general, memoria y cárcel,
porque es preciso salvarlo del olvido
porque es preciso mostrar su fe de crimen
su falso patriotismo sin patria y sin bandera
su mediocre destino cuartelero
su ignorante soberbia, su fascismo.

Firmamos:  
                   Tita Hidalgo, Brizuela, Di Toffino,
                   Néstor Lellín, David, Eva y Marina Coldman
                   De la Pena, Berón, Sergio Bustillo,
                   y muchos otros nombres
                   o sombras de otras sombras...

Posdata:
                   repetimos              
                   sin tregua y sin olvido.


                                                          Héctor Solasso (1980) 
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domingo, 16 de noviembre de 2014

Una carta desde la cárcel


                                              







 El primero de año de 1981, por primera vez la dictadura militar permitió a los familiares directos visitar a los detenidos que en la cárcel penitenciaria de Córdoba, la tristemente célebre UP-1, permanecían desde hacía varios años, muchos de ellos sin causa y sin proceso. Entre ellos, un camarada, Manuel Nievas, que había sido delegado gremial en el Correo, y que hoy milita en la Asosiación de Ex-Presos de Córdoba y dirige el coro de la misma, Contracanto al resto. Álguien había introducido en el pabellón un ejemplar de mi libro "Contra la muerte", publicado en 1980, y por su intermedio, los compañeros presos me invitaron a que los visitara.
¿Debilidad narcisista o solidaridad..? Infiltrado entre familiares y novias, respondí a su pedido. Hubo obviamente presentación de documento, requisa y pintada de dedos. Debo reconocer que mi optimismo y mi coraje no sobraban, más bien los junté con cucharita.
A ellos les sobraba. Allí encontré una suerte de "edición carcelaria" de mi libro, para leer con lupa, circullando entre los compañeros. Y debo confesar que su alegría al recibirme, me conmovió y me hizo sentir también un poco de verguenza, o acaso un injusto sentimiento de culpa por mi propia libertad.
Se improvisó un almuerzo con lo que todos habían llevado, hubo canto, poesía y risas, y brindamos con vasitos de plástico burbujeantes de gaseosa, que atenuaba su dulzor con nuestras lágrimas. Fue, para mi, un día inolvidable.
Al poco tiempo recibí una carta de agradecimiento de aquellos a quienes yo debía agradecer por haber contribuido a reforzar mi optimismo y la voluntad de seguir luchando. Quiero transcribir un fragmento de esa carta, como un homenaje a esos compañeros presos, porque cuando la recibí, no supe responderla, no encontré las palabras, y lo único que les pude enviar fue un simple y emocionado poema.

“Hace algunos días nos propusimos hacerte llegar algo, no sabíamos qué. Una necesidad de enviar algo a un amigo, a un compañero, a alguien que no pregunta “por quién doblan las campanas”, a alguien que en los momentos difíciles nos regaló unos poemas.
El día de la visita __aquí, cuando decimos visita nos referimos a la llegada de nuestras familias__ fue un día pleno, como dice la cita de uno de tus poemas,

“Ayer fue un día. Qué sorpresa para mí que estoy acostumbrado
a pasar mucho tiempo sin encontrarme con un solo día…”

Y verdaderamente, fue uno de esos días inolvidables, porque era como si todos cantáramos una sola canción.
Con nuestros diálogos, nuestros mates, nuestros abrazos, nuestras miradas, nuestros temas inconclusos.
Era como si inauguráramos un camino, el camino de conocer cosas nuevas, o esas cosas que siempre han estado pero que nunca nos detuvimos a mirarlas o tenderles la mano.
Hay algo ancestral en el hombre que le produce alegría al reencontrarse con su semejante. Hoy esto adquiere significación especial, porque hay urgencia de “reinventar” muchas cosas. Esa alegría la experimentamos con tu llegada, porque no eras vos solamente, sino que en tu persona traías implícita la representación de un grupo de
personas que incansablemente intentan y van construyendo de a poco un canal de expresión para todos aquellos que se resisten a tanto cambalache.
Son los primeros granitos de esa gran toma de conciencia que se avecina y que necesariamente deberá estar construida sobre la base de nuestra profunda y cruda experiencia. De allí la necesidad de tenerla siempre presente, y una de las formas de tenerla presente es plasmarla en poemas, novelas, obras de teatro, canciones. Ir recogiendo de a poco lo sembrado, y que tendrá validez de haber sido escrito en el seno mismo de los opresores…”

(Carta de los presos políticos que desde hace varios años permanecen detenidos en la UP-1 de la Ciudad de Córdoba, la mayoría de ellos sin causa ni proceso. 1981)


La poesía con causa y con proceso



La cárcel está ahí, su mole indiferente
con sus muros de gris, de sucia sombra.
Pasamos junto a ella a veces sin fijarnos
es algo que simplemente está
que debe estar, que siempre estuvo,
lo mismo que una estatua, un edificio público,
un discurso oficial, un cementerio.
tan gris como una siesta de domingo,
que está, terriblemente cierta
como el dolor, la soledad, el miedo.
Sin embargo, si alzamos la mirada
se ven las cuencas vacías de la piedra
agujeros que muestran pedazos de negrura
ventanas donde asoman camisas o pañuelos
una flor o una planta, una mano, una media,
banderas no rendidas de silencio
jirones a media hasta de miseria.
Pero un día cualquiera, subrepticia
la poesía se infiltra tras las rejas
burla las prohibiciones los pelos y señales
cruza frente a guardianes a cadena perpetua
atraviesa portones escaleras pasillos
y descubre una vida subterránea que bulle
una luz clandestina que golpea y que ciega.
Entonces la poesía se alimenta, se nutre
de feroz optimismo, del aliento y la fuerza
de aquellos que en el fondo de la piedra y el hierro
siguen quemando naves y avizorando estrellas.
¿Y quién preguntará por las campanas
el patrimonio inmemorial de su tañido
si están doblando a vida por nosotros, por ellos..?
¿Quién llenará la ficha del amor ofendido
de madres y de esposas, hermanas, compañeras.
subversiva ternura de promulgar caricias,
un rubor insurrecto al asalto del beso
y una tristeza dulce custodiando la espera..?
Y el color y la vida estallan contra el muro
adentro es una fiesta, una luz, una lucha,
se intercambian miradas, sonrisas y certezas,
el brindis es un nudo cómplice en la garganta
y conspiran las lágrimas, los silencios, las manos,
con la charla inconclusa, el canto, los poemas.
Ayer fue un día pleno para todos nosotros
pudimos decretar la vergüenza del muro
humillamos su orgullo, su gris, su sucia sombra.
Ayer, la poesía fue más libre que nunca
comprometida, con causa y con proceso.

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lunes, 29 de septiembre de 2014

Recordando a Sarlanga







"Yo siempre dije que era el Borges de los diagramadores, porque cada vez me estoy quedando más ciego, y además, porque me acuerdo de Neruda cuando dice me gusta cuando callas, y Borges, cuando calla es cuando dice más cosas...  Por eso, cuando me dijeron que me iban a hacer un reportaje me dije: zás, cada vez me parezco más a Borges, ahora me van a hacer un reportaje por lo viejo...".
Sin embargo, Sarlanga no es viejo; aparenta más bien una edad indefinida, que él n se esfuerza mucho en definir. Poseedor de una aguda ironía y de un humor envidiable, sus opiniones y comentarios podrán ser discutibles, pero no por eso menos inteligentes, y, sobre todo, sinceros. Tampoco es vanidoso a pesar de su comparación con el gran escritor, a quien admira, y además de ser uno de los mejores diagramadores y de estar ligado al periodismo desde hace casi cuarenta años.
"En cierta medida tiene valor lo que yo pueda decir, porque a mi no me atan compromisos de orden literario o de competitivismo o celos; no me puedo poner a la altura de un escritor porque no sé escribir, ni de un poeta porque no sé hacer poesías. Pero como ellos me muestran, me dan para resolver sus cosas, para plasmar en el papel lo que ellos crean, el diagramador, si es que siente la cosa, tiene que trabajar codo a codo con ellos, y se da cuenta de quienes son buenos, como personas y como poetas. Porque hay mucha vanidad en el ambiente artístico. Todos estamos en un plano de vanidad, eso es una cuestión de desvalor, pero unos lo manifiestan más que otros... a lo mejor, el que tiene que ser vanidoso no lo es, por un prurito de amor propio, y otros están enfermos de vanidad...".
"Desde hace más de cuarenta años, sí señor...". Dato este que, aparte de aproximarnos un poco más a una definición de su edad y de certificar elocuentemente su profesionalismo, nos predispone a escuchar sus recuerdos y anécdotas. Imprudencia, lo reconocemos, que habrá de costárnos dos horas de grabación, cuatro para descarretar el casseteocho para armar la nota, y muchas más ejercitando al máximo nuestro poder de síntesis a fin de superar las limitaciones de espacio. Porque a Sarlanga le gusta hablar. Le gusta hablar mucho, y no por ego, porque habla de los otros, de lo que ha conocido y vivido, casi tímidamente, sacando su entusiasmo por la gente y por las cosas, por la gente del quehacer artístico que él conoce y respeta.

Amarcord

"Aquella etapa de los Botana, de los hijos de Botana, porque al padre, al viejo Botana, lo llegué a conocer muy por encima del travesaño, yo era muy chico. Con los años, el Tito y el Poroto Botana fueron amigos míos, mayores que yo, pero de cualquier manera, alternabamos en el mismo grupo. Y desde aquel entonces conozco la vanidad de que te hablaba, el ego de toda la gente que de alguna manera hicieron el periodismo. ".
Entre otras pasiones que servirían para definirlo ((el deporte, los amigos, la noche, el arte, la música, Silvia, su compañera), la cultura en general (tanbien las mujeres en general) es una de las más destacadas. Y así se lo podrá ver en todas las actividades culturales, siempre dispuesto a apoyar y receptar las inquietudes, las iniciativas, a dar una mano. Sus amigos son los pintores, los poetas, los escritores, los músicos...
"Y bueno, después de treinta y cinco años en "Clarín", donde yo hacía en los últimos tiempos el suplemento deportivo, un día me fue a buscar Astori(1). Él quería hacer en Córdoba un diario ágil, al estilo de los de Buenos Aires. Yo pienso que, desgraciadamente, también en periodismo se copia un poco lo que se hace en Buenos Aires, y pienso, honestamente, que acá hay mucha gente con ganas de hacer cosas, hay ganas y hay talento. Yo le escuché decir a Astori: "Nosotros, acá en Córdoba, recibimos toda la corriente cultural de Buenos Aires. ¿Por qué no puede salir la corriente cultural de Córdoba hacia el resto del país, como de alguna manera sucedió en la antiguedad, en el Virreynato..?". Bueno, a mi me gustó la idea, dejé todo y me vine, siguiendo a ese loco, a ese Quijote que es Astori. Me fue bien, me fue mal, creo que fue más mal que bien. Pero de cualquier manera, la semilla se tiró. Claro, yo no voy a venir a descubrir la curvatura del círculo, en cuestión de diarios está todo inventado, me costó muy poco poner en práctica lo que yo sabía. Pero si señalo estas cosas es para resaltar que en este diario(2) se reunió un grupo inicial de gente jóven, gente con inquietudes, con ganas de hacer, que fueron aprendiendo en la práctica. Pero ojo, que ya que estamos hablando de periodismo, tenemos que mencionar a la gente que hace "La Voz" porque es un órgano que ha señalado también rumbos, y sobre todo, que tiene una fisonomía cordobesa. Es un diario bien hecho, con una trayectoria de cincuenta o setenta años. En resúmen, yo pienso que algunas ideas debemos extraer del periodismo de Buenos Aires, pero yo digo que hoy en día, no hay en Buenos Aires diarios como los que hacen acá. Esta revista, por ejemplo, "Reportaje"(3), con todas las inquietudes artísticas, culturales... No hay en Buenos Aires hoy en día una revista como esta, y eso lo digo teniendo en cuenta que las revistas culturales son las que más cuesta imponer, hay un axioma preestablecido que dice que las revistas culturales tienen todas las de perder, no dan para vivir; y a esta la hacen cordobeses, que se preocupan y tienen inquietudes y no la hacen para vivir. Y en las revistas culturales uno encuentra gente linda que dice vos haces esto, vos escribís esto otro, y entonces el poeta o el escritor que está desesperado por pagar la luz, deja de pensar un rato en eso y hace lo mejor que puede, para que alguien lo lea...
"Con respecto a la función del periodismo en la cultura, creo que podría infuir más por medio de los suplementos culturales; claro, los diarios son empresas, y algunos creen equivocadamente que las páginas culturales no reditúan, a nivel de avisos. Yo pienso que es un mal criterio, que en todo caso, está mal explotado, porque si se comentan, por ejemplo, los libros que llegan acá, los de Bruguera o Losada, pero comentados no con el afán de conseguir el aviso, sino de tener una sección seria, cotidiana y segura, la gente la va a leer, y los avisos van a llegar. Por ejemplo, el suplemento cultural de "Clarín" es muy bueno, pero hubo una época en que era mejor el de "La Opinión", y Losada prefería que los avisos salieran allí, y "La Opinión" se daba el lujo de tener los avisos, y eso que en aquel entonces estaba, cómo lo puedo explicar, no de acuerdo con el sistema preestablecido.
"En lo que respecta al suplemento cultural del "Tiempo", desgraciadamente se ha reducido de dos a una página. "La Voz" de los domingos tiene un buen suplemento cultural también, y yo me levamnto los domingos para leer el artículo de Salzano, que además de estar muy bien presentado, me gusta como escribe. Las radios hacen alguns buenos programas culturales, hacen algo, lo que pueden, por la cultura. Yo respeto mucho lo que hacen tipos como Percy Llanos y otros. Y ahora me acuerdo de otro peruano ( Hugo Guerrero Marthineitz), un íntimo, un gran amigo mio de Buenos Aires que tiene un buen programa, y es un tipo que por el solo hecho de que algún artista esté en el "Index", si el fulano o fulana no se pasan, él vá y los pasa en su audición, caso Mercedes Sosaa, por ejemplo...".

Llegó a las playas de Córdoba y desde allí gritó: !Tierra..!




Multifacética la personalidad de Sarlanga. Llegó a Córdoba y se enamoró de ella, entró a querer sus calles, sus artistas y su gente, sus costumbres. Si hasta pinta de cordobés tiene. Aunque también su imagen puede asumir una multiplicidad de formas. En un tiempo en que usaba el pelo largo y unos tremendos bigotazos, uno le ponía un sombrero de charro, dos cananas cruzadas en el pecho, y tranquilamente podía verlo entrando en Chihuahua con los hombres de Villa; una boina, una capa y un pincel, y ahí andará paseando por el Sena; si transita la noche, y si Silvia no mira, puede asumir las formas mitológicas de un fauno; si se viste con pieles, parecerá Derzu Uzala... Y sin coraza ni yelmo, llegó un día, desembarcó en La Cañada, y ahí descubrió Córdoba y empezó a quererla, a sentirla, a amarla...
"Yo siempre decía que Córdoba era el último lugar donde iría a vivir, veía a la gente solemne, necia... Llegué a Córdoba con cuarenta y ocho años, y al poco tiempo, Córdoba me brindaba la posibilidad de conocer a tanta gente linda, de conocer tantos auténticos talentos, tipos maravillosos, periodistas, escritores, músicos... César Altamirano, un tipo genial que conocí e4n Buenos Aires, que se había cansado de ganar premios en cuento; o Carlos Gilli, médico iriólogo, que también escribe cuentos y sus cuentos son premiados: otro día conozco a Héctor Solasso, me lo presenta Daniel Vera, otro buen poeta, dos locos lindos, y los dos colaboraron en el diario con nosotros; un día conozco a Alejandro Baró, del que algunos pueden pensar que se encurdela en un mostrador y no es así, sino que se sienta en un armonio, un piano "no si qué", y es sensacional, viene Kleiderman y todos se vuelven locos, y no conocen el valor que tenemos acá; después conozco al "Sapo" Cativa, que hace cuentos, y al "obrero del canto", Maldonado Costa, que hacía temblar las paredes cantando, y a Rudy Arrieta, que es un representante genuino de esta Córdoba, canta tangos con o sin voz, pero con sentimiento. Un día me hablan de Cristino Tapia, y yo conozco a Cristino Tapia por un vals del padre de Rudy Arrieta, "Córdoba de antaño"... En fin, son todos personajes sensacionales, que si estuvieran en Buenos Aires a lo mejor sería más personajes, pero acá no se les dá el lugar y la publicidad que merecen."
Fino Pizarro, fotógrafo del diario, "un tipo sensacional", como dice Sarlanga, cuenta: Cuando yo entré a trabajar en el diario, me encontré con una cosa curiosa, un porteño que apoya mucho más las cosas de Córdoba que los mismos cordobeses que están trabajando en ese diario. En Córdoba habrá cosas buenas y malas, y es cierto que no hay que caer en el amiguismo, pero son pocos los que en el diario __ y tambiém em los otros diarios, porque los leo__ apoyan tanto la cultura de Córdoba como este tipo, que es porteño...".
Sarlanga lo ratifica con sus propias palabras: "Hoy me voy a llevar mal con mis compañeros del diario, a quienes respeto mucho, lo cual no quiere decir que apruebe lo que ellos hacen. Yo no concibo que en diario, donde todos volcamos nuestras inquietudes, haya gente que por el solo hecho de sentirse cronistas o críticos teatrales, les den sistemáticamente con un palo a toda manifestación artística o teatral; hay otras formas de criticar, colaborando... En teatro, por ejémplo, hay veinte grupos de gente que quiere hacer cosas, tipos que están tres meses estudiando y ensayando para poner la obra lo mejor y no se les lleva el apunte, y viene alguien y dice que llega Pedrito Quartucci, y ojo que yo respeto mucho a Pedrito, y entonces los cordobeses hacen cola. Hace algunos meses, en "Elodía", un tipo que se llama Solasso escribe algunos poemas, y otro tipo que se llama Oscar Rezk y las actrices Galia Kohan y María Esther Rosso los quisieron recitar, y otro que se llama Horacio Sosa les puso música, y era una cosa hermosa. ¿Quienes pudimos asistir a ese espectáculo? Los que sentimos inquietud o vivimos la noche, éramos a veces quince, treinta o cincuenta, y es muy poco para lo que significa. En fin, hablando, yo he nombrado en el correr de la conversación a personajes, he estado dentro de las cosas que hacen estos locos lindos, y digo que ojalá los diarios se hicieran con gente como nosotros...".

Y en ese tono seguirá hablando y hablando. Eduardo Williams Hermes Ruccio, "de cierta alcurnia por el apellido de mi madre...", como él dice. Avanzada ya la tarde y con dos casetes llenos nos despedimos. Desde la puerta, tímidamente, se da vuelta y nos dice: "Yo siempre digo que soy como el Borges de los diagramadores... Si no los he aburrido puedo seguir contándoles un montón de cosas...".
Pero nosotros ya habíamos guardado el grabador, y a pesar de las diferencias de horarios y de tiempos, la noche comenzaba a insinuarse sobre Chihuahua y el Sena, sobre el mitológico Olimpo y La Cañada. Era la hora de la noche, de la amistad y el vino, como diría Salzano, las mejores municiones de un Sarlanga...

(Publicado en revista "Reportaje a la cultura" N* 3, diciembre de 1981)
(1) Propietario y fundador del diario "Tiempo de Córdoba"
(2) "Tiempo de Córdoba"
(3) Revista político.cultural editada en los años 80-81 en Córdoba

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viernes, 22 de agosto de 2014

Lo mejor de Robert Silverberg


Robert Silverberg

Para ver al hombre invisible

Como ya dije una vez hablando en "Para ver al hombre invisible", una manera de encontrar ideas es recoger las que los otros escritores tiran. Así fue como hallé esta; en el primer párrafo de "La lotería de Babilonia" de Jorge Luis Borges dice:
"Como todos los hombres de Babilonia, he sido procónsul; como todos, esclavo; ... Durante un año de la luna he sido declarado invisible; gritaba y no me respondían; robaba el pan y no me decapitaban"
Borges insinúa el tema de la invisibilidad establecido por ley en ese punto; no es más que un elemento ornamental de un cuento que trata de algo enteramente diferente. Tomé la idea y la desarrollé, para explorar sus consecuencias prácticas, haciendo el trabajo que Borges había dejado sin hacer.




Entonces me juzgaron culpable, me declararon invisible por espacio de un año, a partir del 11 de mayo del año de gracia de 2104, y me llevaron a una habitación oscura situada bajo el tribunal para imprimirme la marca en la frente antes de dejarme libre.
Dos rufianes pagados por el municipio se encargaron del trabajo. Uno de ellos me arrojó sobre la silla, mientras el otro alzaba el hierro de marcar.
—No te dolerá nada —dijo aquel mono babeante al ponerme la marca en la frente. Y en efecto, noté cierto frescor y eso fue todo.
—Y ahora, ¿qué ocurre? —pregunté.
Pero no hubo respuesta y ambos se alejaron de mí, saliendo de la habitación sin decir una palabra. La puerta quedó abierta. Estaba libre para marcharme o para quedarme y pudrirme allí si lo deseaba. Nadie me hablaría ni me miraría más de una vez, sólo lo suficiente para ver la señal en mi frente. Yo era invisible.
Debe entenderse que mi invisibilidad era estrictamente metafórica. Seguía conservando mi solidez corporal. La gente podía verme, pero se negaría a verme.
¿Un castigo absurdo? Tal vez. Pero, claro, también el crimen era absurdo. Un crimen de frialdad. Me había negado a compartir la carga de mi prójimo. Había transgredido la ley en cuatro ocasiones. El castigo de ese crimen era la invisibilidad durante un año. Se había presentado la denuncia y celebrado el juicio, y ahora se me había aplicado la señal.
Yo era invisible.
Salí al mundo del calor.
Ya había caído la lluvia de la tarde. Las calles de la ciudad se secaban y hasta mí llegaba el olor de la vegetación en crecimiento desde los jardines colgantes. Hombres y mujeres se dedicaban a sus tareas. Yo caminaba entre ellos, pero no me hacían ningún caso.
El castigo por hablar con un hombre invisible es la invisibilidad, un mes, un año o más, según la gravedad de la ofensa. De esto depende todo el concepto. Me pregunté con qué rigidez se cumpliría la regla.
Pronto lo descubrí.
Me metí en un ascensor y dejé que me subieran hasta el Jardín Colgante más próximo. Era el Once, el jardín de los cactus. Aquellas formas curiosas y retorcidas se adecuaban a mi estado de ánimo. Salí al descansillo y avancé hacia el mostrador de recepción para sacar mi entrada. Una mujer de rostro blanco y ojos vacíos estaba tras el mostrador.
Coloqué sobre él una moneda. Una sombra de terror, que se desvaneció rápidamente, pasó por sus ojos.
—Una entrada —dije.
No hubo respuesta. La gente hacía cola tras de mí. Repetí la petición. La mujer alzó la vista impotente y luego miró sobre mi hombro izquierdo. Una mano se extendió y otra moneda fue depositada en la mesa. Ella la tomó y entregó al hombre su entrada. Éste la introdujo en la ranura y pasó.
—Yo también quiero una —insistí con voz tensa.
Otros me fueron apartando a un lado. Sin una palabra de disculpa. Empecé a comprender el significado de mi invisibilidad. Me trataban literalmente como si no me vieran.
Hay ciertas ventajas que compensan. Pasé detrás del mostrador y yo mismo me serví una ficha sin pagarla. Puesto que era invisible, nadie podía detenerme. Metí la ficha en la ranura y entré en el jardín.
Pero los cactus me aburrían. Un inexplicable malestar me abrumó y ya no sentí deseos de quedarme. Al salir apreté el dedo contra una espina. Brotó la sangre. Al menos los cactus seguían reconociendo mi existencia. Aunque sólo fuera para sacarme sangre.
Volví a mi apartamento. Los libros me esperaban, pero no sentía interés por ellos. Me tendí en la estrecha cama y puse en actividad el energizador para combatir la extraña lasitud que me afligía. Pensé en mi invisibilidad.
No seria tan duro, me dije. Jamás había dependido totalmente de otros seres humanos. En realidad, ¿no había sido sentenciado en primer lugar por frialdad hacia mis congéneres? Entonces, ¿qué necesidad tenía de ellos ahora? ¡Que me ignoraran!
Seria un descanso. Después de todo, tenia un año de respiro en cuanto al trabajo. Los hombres invisibles no trabajaban. ¿Cómo iban a hacerlo? ¿Quién acudiría a consultar a un doctor invisible, o contrataría a un abogado invisible para que le representara, o entregaría un documento para archivar a un empleado invisible? Por tanto, nada de trabajo. Ni ingresos tampoco, naturalmente. Pero los propietarios no cobraban alquiler a los hombres invisibles. Estos iban a donde querían y no pagaban nada. Acababa de comprobarlo en los Jardines Colgantes.
La invisibilidad podía resultar divertida en sociedad, pensé. Me habían sentenciado tan sólo a una cura de descanso de un año. Estaba seguro de que la disfrutaría.
No obstante, había algunos inconvenientes prácticos. La primera noche de mi invisibilidad fui al mejor restaurante de la ciudad. Pensaba pedir los platos más caros, una comida de cien unidades, y luego me desvanecería convenientemente antes de la presentación de la cuenta.
Estaba confundido. Ni siquiera llegué a sentarme. Esperé en la puerta media hora, mientras pasaba junto a mí una y otra vez un maitre d'hotel que, indudablemente, se había enfrentado muchas veces a la misma situación. Comprendí que ocupar una mesa no me serviría de nada. Ningún camarero me atendería.
Claro que podía entrar en la cocina y servirme lo que quisiera. Podía perturbar la rutina de trabajo del restaurante. Pero me decidí en contra. La sociedad tiene sus modos de protegerse contra los invisibles. No mediante un castigo directo, por supuesto, ni con una defensa intencional. ¿Pero quién impugnaría la afirmación de un chef de que no había visto a nadie ante él cuando se le cayó el puchero de agua hirviendo contra la pared? La invisibilidad era la invisibilidad, como una espada de dos filos.
Salí del restaurante.
Comí en el automático más cercano. Luego cogí una autotaxi hasta casa. Las máquinas, como los cactus, no discriminaban a los de mi clase. Sin embargo, me dije, serian una compañía muy aburrida durante todo un año.
Aquella noche dormí muy mal.
La segunda jornada de mi invisibilidad fue un día de tanteos y descubrimientos .
Me fui a dar un largo paseo, cuidando de mantenerme en los senderos de peatones. Había oído historias sobre los tipos que disfrutaban atropellando a los que llevan la marca de la invisibilidad en la frente. Porque no hay recurso contra ellos, ni castigo. Mi situación tiene sus peligros, peligros intencionados.
Caminé por las calles, viendo cómo se abría la multitud para dejarme paso. Yo pasaba entre ellos como un microtomo entre las células. Estaban bien entrenados. A mediodía, vi a mi primer compañero invisible. Era un hombre alto, de mediana edad, grueso y digno, que llevaba la marca de la vergüenza en su frente abombada. Su mirada se cruzó con la mía por un instante. Luego, pasó de largo. Un hombre invisible, por supuesto, no puede ver a otro como él.
Me sentí divertido, nada más. Aún saboreaba la novedad de este estilo de vida. Nada podía herirme. Todavía no.
A última hora del día, llegué a una de esas casas de baños donde las muchachas trabajadoras pueden bañarse por un par de monedas. Sonreí maliciosamente y subí las escaleras. El empleado de la puerta me lanzó apenas una mirada de asombro—aquello fue un pequeño triunfo para mí—, pero no se atrevió a detenerme.
Entré.
Me asaltó un fuerte olor a jabón y sudor. Seguí adelante. Pasé por los vestuarios, donde colgaban largas filas de monos grises, y se me ocurrió que podía sacar de esos bolsillos todas las unidades que contuvieran. No lo hice. El robo pierde interés cuando resulta demasiado fácil. Ya lo sabían los que imaginaron la invisibilidad.
Seguí adelante y entré en los baños propiamente dichos.
Había allí cientos de mujeres. Muchachas núbiles, mujeres viejas o maduras. Algunas enrojecieron. Otras sonrieron. Muchas me dieron la espalda. Pero todas tuvieron cuidado de no demostrar una auténtica reacción ante mi presencia. Había matronas supervisoras montando la guardia. ¿Y quién sabe si informarían de que alguien se había dado indebida cuenta de la existencia de un invisible?
Así que las observé mientras se bañaban. Observé quinientos pares de senos en movimiento, cuerpos desnudos que brillaban bajo la ducha, una enorme masa de carne femenina al descubierto. Mi reacción era confusa: por un lado, la sensación de haber hecho algo malo al penetrar en aquel Sanctasanctórum sin que me detuvieran, pero también, surgiendo lentamente en mi interior, una sensación de.. ¿Pena? ¿Aburrimiento? ¿Repulsión?
No era capaz de analizarlo. Parecía como si una mano húmeda oprimiese mi cuello. Salí rápidamente. El olor del agua jabonosa perduró en mi nariz durante muchas horas, y la visión de la carne rosada persiguió mis sueños aquella noche. Comí solo en uno de los automáticos. Empezaba a ver que la novedad del castigo se desvanecía muy pronto.


A la tercera semana, caí enfermo. Todo empezó con fiebre muy alta, dolor de estómago, vómitos y otros síntomas de cariz muy feo. A medianoche, estaba seguro de que iba a morir. Tenía unos retortijones intolerables y, cuando me arrastre hasta el cuarto de baño, observé en el espejo que tenía el rostro contraído, verdoso y cubierto de gotas de sudor. La marca de la invisibilidad destacaba como la luz de un faro en mi frente pálida.
Me eché durante algún tiempo sobre el suelo de baldosas, disfrutando de su frescura. De pronto pensé: ¿Y si es el apéndice? ¿Y si se trata de ese resto prehistórico, ridículo y anticuado? ¿Y si está inflamado y a punto de reventar?
Necesitaba un médico.
El teléfono estaba cubierto de polvo. No se habían molestado en desconectarlo, pero yo no había llamado a nadie desde mi arresto, ni nadie se había atrevido a llamarme. El castigo por telefonear a un invisible es la invisibilidad. Mis amigos, aunque lo fueran, se mantenían aislados de todo contacto conmigo.
Cogí el teléfono y pulsé los botones. Se encendió el panel, y el robot a su cargo preguntó:
—¿Con quién quiere hablar, señor?
—¡Un médico! —gemí.
—Por supuesto, señor.
Palabras mecánicas, suaves y corteses. No hay modo de declarar invisible a un robot; por lo tanto, él si podía hablar conmigo.
La pantalla se iluminó. Una voz habló en tono profesional:
—Vamos a ver, ¿cuál es el problema?
—Dolor de estómago. Tal vez apendicitis.
—Enviaré a un hombre...
Se detuvo. En mi angustia, yo había cometido el error de alzar el rostro. Sus ojos vinieron a caer sobre la marca de la frente. La pantalla se ennegreció con la misma rapidez que si yo fuera un leproso y extendiera mi mano para que él la besara.
—¡Doctor! —supliqué .
Había desaparecido. Enterré el rostro entre las manos. Esto era llevar las cosas demasiado lejos, pensé. ¿Acaso el juramento hipocrático permitía tal conducta? ¿ Es que un doctor tenia derecho a rechazar la súplica de ayuda de un enfermo?
Hipócrates no sabia nada de los invisibles. Nadie le pediría a un médico que atendiera a un hombre invisible. Sencillamente, para la sociedad en general yo no existía. Y el médico no puede diagnostica enfermedades en individuos inexistentes.
Quedaba, pues, entregado a mis sufrimientos.
Era éste uno de los rasgos menos atractivos de la invisibilidad. Uno podía entrar en la casa de baños sin que nadie se lo impidiera, pero tampoco te impedían que gimieras en el lecho del dolor. Una cosa compensa la otra. Y si por casualidad se te perfora el apéndice, ¡vaya, qué lastima! Será un escarmiento para aquellos que quieran seguir tu ejemplo!
No se me perforó el apéndice. Sobreviví, aunque pasé mucho miedo. Un hombre es capaz de sobrevivir sin conversación humana durante un año. Viaja en coches automáticos y come en restaurantes automáticos. Pero no hay médicos automáticos. Por primera vez, me sentí realmente un leproso ante la sociedad. Al convicto que está en prisión se le concede el auxilio médico cuando se encuentra enfermo. Mi crimen no había sido lo bastante grave para merecer la prisión, por eso no me trataría ningún médico aunque enfermara. Era injusto. Maldije a los diablos que habían inventado tal castigo. Tenía que enfrentarme a solas con cada amanecer, tan solo como Robinson Crusoe en su isla, aquí, en medio de una ciudad de doce millones de almas.
¿Cómo describir mis altibajos de ánimo y los cambios constantes de mi espíritu conforme iban transcurriendo los meses?
Había ocasiones en que la invisibilidad suponía un gozo, una delicia, un tesoro. En esos momentos de locura, me gloriaba el verme exento de las reglas que oprimen a los hombres corrientes.
Robaba. Entraba en las tiendas pequeñas y me apoderaba de las mercancías, mientras los comerciantes, acobardados, temían impedírmelo por si se les acusaba de faltar a las reglas de mi invisibilidad. Si hubiera sabido que el Estado les reembolsaba de tales pérdidas, tal vez hubiera sentido menos placer. Pero robaría igual.
Y entraba donde quería. La casa de baños jamás me tentó de nuevo, pero sí otros santuarios. Entraba en los hoteles y recorría los pasillos, abriendo las puertas al azar. La mayoría de las habitaciones estaban vacías. Otras no.
Y como un dios, yo lo observaba todo. Me iba endureciendo. Mi desdén por la sociedad —el crimen principal que me condenó a la invisibilidad— seguía en aumento.
Me quedaba de pie en las calles vacías durante los períodos de lluvia y gritaba a los brillantes edificios que se alzaban a cada lado:
—¿Quién os necesita? ¡Yo no! ¿Quién os necesita para nada?
Me burlaba de ellos, me reía y les insultaba. Era una especie de locura, producida, supongo, por la soledad. Entraba en los teatros —donde los felices comedores de loto permanecían sentados en sus sillas, encantados ante las imágenes tridimensionales— y me ponía a hacer cabriolas por los pasillos. Nadie se atrevía a protestar contra mi. El brillo de la marca en mi frente les aconsejaba que acallaran sus protestas, y eso hacían.
Había malos momentos, buenos momentos, momentos en que me sentía un gigante y caminaba rebosante de desprecio entre los imbéciles visibles. Y momentos de locura..., he de admitirlo. El que ha pasado por la condición de invisibilidad involuntaria a lo largo de varios meses es probable que quede algo desequilibrado.
¿Los he llamado momentos de paranoia? Maniaco-depresivos sería más adecuado. El péndulo seguía su ritmo. Los días en que únicamente sentía desprecio por los idiotas visibles que me rodeaban se equilibraban con los días en que el aislamiento me abrumaba. Entonces recorría las calles interminablemente, hasta más allá de las arcadas resplandecientes, y miraba las aceras, con sus luces de colores brillantes. Ni un mendigo se me acercaba. ¿Sabían ustedes que todavía hay mendigos en nuestro fabuloso siglo? Hasta que me declararon invisible, tampoco yo lo supe. Fue entonces cuando mis largos paseos me llevaron a los barrios pobres, donde todo no era tan brillante y donde los viejos de rostro barbudo y desaseado piden limosna.
Pero nadie me pidió una moneda. Sólo una vez se me acercó un ciego.
—¡Por el amor de Dios' —gimió—. Ayúdeme a comprarme unos ojo nuevos en el banco de ojos.
Eran las primeras palabras que me dirigía un ser humano el muchos meses. Empecé a buscar dinero en los bolsillos, con el propósito de darle todas las unidades que llevara como muestra de gratitud. ¿Por qué no? Podía conseguir muchas más sin otro esfuerzo que el de cogerlas. Antes de que llegara a sacar el dinero, un figura de pesadilla introdujo entre los dos sus muletas. Oí que susurraba una sola palabra: " Invisible". Y ambos se largaron como dos ratones asustados. Quedé allí en pie, ofreciendo estúpidamente mi dinero.
Ni siquiera los mendigos. ¡Malditos los que inventasteis este tormento!
De nuevo fui serenándome. Toda mi arrogancia se desvaneció. Ahora estaba solo. ¿Quién podría acusarme de frialdad? Me había convertido en un hombre blando, patéticamente ansioso de un palabra, una sonrisa, una mano amistosa. Ya llevaba seis meses de invisibilidad.
¡Cómo la odiaba para entonces! Sus placeres eran vacíos, su tormento insoportable. Me preguntaba si lograría sobrevivir los seis meses restantes. Créanme, en aquellas horas negras, la idea del suicidio no me era extraña.
Finalmente, cometí una gran estupidez. En uno de mis interminables paseos, me encontré con otro invisible, quizás el tercero o el cuarto, no más, que había visto en seis meses. Como en los encuentros anteriores, nuestras miradas se cruzaron con temor, sólo un instante. Luego, él bajó la suya hasta el suelo, me cedió el paso y siguió caminando. Era un hombre que no tendría más de cuarenta años, con el pelo oscuro y rizado y un rostro flaco y alargado. Tenía aspecto de erudito, y me pregunté qué habría hecho para merecer tal castigo. Casi me venció el deseo de correr tras él y preguntárselo, saber su nombre, hablar con él y abrazarle.
Cosas todas prohibidas a la humanidad. Nadie tendrá el menor contacto con un invisible, ni siquiera otro invisible. Especialmente otro invisible. La sociedad no siente el menor deseo de fomentar una unión secreta, la camaradería entre sus parias.
Yo lo sabía muy bien.
Sin embargo, me volví y le seguí.
A lo largo de tres manzanas le seguí lentamente, manteniéndome a unos veinte o cincuenta pasos detrás de él. Los robots de seguridad parecían encontrarse en todas partes, con sus antenas listas para detectar cualquier infracción, y yo no me atrevía a hacer nada. Por fin, se metió por una calle lateral, gris y polvorienta, que al menos tenia cinco siglos, y empezó a caminar con el paso típico del invisible, propio del que no va a ninguna parte. Me acerqué a él.
—Por favor —dije en voz muy baja—, nadie nos verá aquí. Podemos hablar. Me llamo...
Giró en redondo, con ojos aterrados. El rostro muy pálido. Me miró atónito por un instante. En seguida, saltó hacia adelante, como para huir, escurriéndose a un lado
Le bloqueé el paso.
—Espere —dije—. No tenga miedo, por favor.
Intentó pasar, sin embargo. Le puse la mano en el hombro Luchó por liberarse.
—Sólo una palabra —le rogué.
Ni una. Ni siquiera un "Déjeme en paz" pronunciado con voz ronca. Consiguió esquivarme y corrió calle abajo. Sus pisadas se fueron haciendo cada vez menos sonoras, hasta que llegó a la esquina y dio la vuelta a la misma. Yo seguía mirando hacia allí, vencido por la soledad.
Y el temor, además. Él no había faltado a las reglas de la invisibilidad, pero yo sí. Le había visto. Tal vez eso me supusiera un castigo, la prolongación de mi sentencia de invisibilidad. Miré en torno ansiosamente. No había robots de seguridad a la vista. Ni uno.
Estaba solo.
Volví sobre mis pasos, tratando de tranquilizarme, y seguí por la calle. Gradualmente recuperé el control. Comprendí que había cometido una imperdonable tontería. La estupidez de mi acción me molestó, pero todavía más su aspecto sentimental. Extender la mano con aquel pánico a otro invisible; admitir abiertamente mi soledad, mi necesidad... ¡No! Eso significaba que la sociedad estaba ganando. Y yo no podía soportarlo.
Me hallé de nuevo cerca del jardín de los cactus. Tomé el ascensor, le cogí una ficha al empleado y entré en él. Busqué por unos momentos y encontré al fin un cactus espectacular, muy retorcido, de unos dos metros y medio de altura. Un monstruo espinoso. Lo saqué de su maceta, rompí aquellos miembros angulosos en fragmentos, llenándome las manos de espinas. La gente simulaba no verme. Me saqué las espinas de las palmas y, con las manos ensangrentadas, bajé de nuevo en el ascensor, otra vez aislado, de un modo sublime, en mi invisibilidad.
Pasó el octavo mes, el noveno y el décimo. La ronda de estaciones había efectuado casi su giro completo. La primavera había dado paso a un verano suave, éste a un crudo otoño, y el otoño al invierno con sus nevadas quincenales, todavía permitidas por razones estéticas. El invierno había terminado ya. En los parques, los árboles se llenaban de botones de verdor. Los del control del tiempo programaron las lluvias hasta tres veces diarias.
Mi sentencia se acercaba a su fin.
En los meses finales de invisibilidad, me había hundido en una especie de torpor. A mi mente, entregada a sus propios recursos, ya no le interesaba pensar en las implicaciones de mi situación, de modo que yo vivía día tras día en una niebla confusa. Leía ansiosamente, sin seleccionar. Aristóteles una noche; la Biblia al dia siguiente; un folleto de mecánica al otro. No retenía nada. Al volver una página, la anterior se me borraba de la memoria.
Ya no me esforzaba por disfrutar de las pocas ventajas de la invisibilidad, la emoción del voyeur, la impresión fugaz de poder que surge del hecho de cometer cualquier acción con un limitado temor al castigo. Y digo limitado, porque la aprobación del Acta de Invisibilidad no había sido acompañada de un acta contra la naturaleza humana. Pocos hombres dejarían de correr el riesgo de la invisibilidad por proteger a sus esposas o hijos de las molestias de un invisible. Nadie permitiría fríamente que un invisible le sacara los ojos. Nadie toleraría la invasión de su hogar por parte de un invisible. Había modos de evitar tales infracciones sin demostrar reconocer la existencia del invisible, como ya he mencionado.
Sin embargo, muchas cosas estaban a mi alcance. Me negué a probarlas. Dostoievski escribió no sé dónde: " Si Dios no existe, todo está permitido". Yo enmendaría sus palabras: Para el hombre invisible, todo está permitido... pero carece de interés.
Pasaron los meses, agotadores.
No contaba los minutos que faltaban para mi liberación. Si he de ser sincero, la verdad es que se me olvidó por completo el día en que terminaba mi condena. Estaba leyendo en mi habitación, pasando las páginas aburrido, cuando sonó el timbre.
No había sonado en todo un ano. Casi se me había olvidado el significado de aquel sonido.
Sin embargo, abrí la puerta. Allí estaban los representantes de la ley. Sin pronunciar palabra, rompieron el sello que unía la marca a mi frente. El emblema cayó, haciéndose pedazos.
—Hola, ciudadano—me dijeron entonces.
Asentí con gravedad.
—Hola .
—Es el 11 de mayo de 2105. Su condena ha terminado. Queda incorporado de nuevo a la sociedad. Ya ha pagado su deuda.
—Gracias.
—Venga a tomar una copa con nosotros.
—Preferiría no hacerlo.
—Es la tradición. Venga.
Salí con ellos. Sentía ahora la frente extrañamente desnuda y, al mirarme al espejo, vi que había un punto pálido allí donde estuvo el emblema. Me llevaron a un bar próximo y me invitaron a whisky sintético, puro y fuerte. El camarero me sonrió. Alguien en el taburete inmediato me dio un golpecito en el hombro y me preguntó cuál era mi favorito para las carreras de aviones a reacción del día siguiente. No tenía la menor idea y así se lo dije.
—¿De verdad? Yo apuesto por Kelso. Pagan cuatro a uno, pero tiene una arrancada insuperable.
—Lo siento —dije.
—Lleva ausente algún tiempo—le comentó en voz baja uno de los del gobierno.
El eufemismo era inconfundible. Mi vecino me miró la frente y asintió al ver el punto pálido. Entonces me invitó también a una copa. Acepté, aunque ya sentía los efectos de la primera. Era un ser humano otra vez. Volvía a ser visible.
No me atreví a desairarle. Podrían haberme acusado de nuevo del crimen de frialdad. La quinta ofensa habría significado cinco años de invisibilidad. Había aprendido a ser humilde.
Regresar a la visibilidad supuso una transición difícil, naturalmente. Viejos amigos con los que reunirse, conversaciones que quedaron interrumpidas, relaciones que renovar. Había sido un exiliado en mi propia ciudad durante un año, y volver nunca es fácil.
Por supuesto, nadie aludía a mi periodo de invisibilidad. Lo consideraban como una enfermedad que no es correcto mencionar. Hipocresía, pensaba yo. No obstante, la aceptaba. Indudablemente todos trataban de no herir mis sentimientos. ¿Acaso se le dice a un hombre a quien acaban de reemplazarle un estómago canceroso: "Me han dicho que por poco te mueres"? ¿Acaso se le dice al hombre cuyo anciano padre ha sido llevado al servicio de eutanasia: "De todas formas, ya estaba muy viejo e inútil"?
No, claro que no.
De modo que había un espacio en blanco en nuestra experiencia compartida, un vacío, una negrura. Lo que me dejaba muy poco de qué hablar con mis amigos sobre todo porque había perdido por completo el arte de la conversación. El período de reajuste supuso para mi toda una prueba.
Aun así perseveré, pues ya no era la misma persona, altiva y fría, de antes de mi condena. Había aprendido la humildad en la más dura de todas las escuelas.
Por supuesto, de vez en cuando vislumbraba un invisible en las calles. Era imposible evitarlos. Pero, con el adiestramiento tan duro que había tenido, apartaba la vista de ellos, como si la mirada hubiera ido a caer momentáneamente en algo sucio y asqueroso procedente de otro mundo.
Fue al cuarto mes de mi retorno a la visibilidad cuando aprendí la lección definitiva de mi sentencia. Andaba por los alrededores de la Torre de la Ciudad, ya que había recuperado mi antiguo empleo en la sección de documentos del gobierno municipal. Había terminado la jornada de trabajo y caminaba hacia el metro cuando una mano surgió de entre la multitud y me cogió por el brazo.
—Por favor —dijo una voz suave—, espere un minuto. No tenga miedo .
Alcé la vista, asustado. En nuestra ciudad, los desconocidos no acostumbran a abordarle.
Vi el emblema brillante de la invisibilidad en la frente del hombre. Y entonces le reconocí. Era el hombre delgado al que me había dirigido, hacía más de medio año, en aquella calle desierta. Había envejecido. Tenía una mirada salvaje, el pelo salpicado de gris. Entonces quizá estuviera en el principio de su condena. Tal vez ahora estuviera cerca del fin.
Me retenía por el brazo. Yo temblaba. Esto no era una calle desierta. Era la plaza más abarrotada de gente de la ciudad. Me solté de su mano y empecé a dar la vuelta.
—¡No! ¡No se vaya' —gritó—. ¿No tiene piedad de mí? Usted también ha pasado por esto.
Di un paso vacilante. De pronto, recordé que también yo le había gritado, que le había rogado que no me rechazara. Recordé mi abrumadora soledad.
Di otro paso, alejándome de él.
—¡Cobarde! —chilló a mis espaldas—. ¡Hábleme! ¡Le desafío! ¡Hábleme, cobarde!
Era demasiado. Me sentí conmovido. Lágrimas repentinas inundaron mis ojos, me volví a él y le tendí la mano. Le cogí por la muñeca. El contacto pareció electrizarle. Un momento después, le tenía en mis brazos, tratando de aliviar con mi actitud parte de su tristeza.
Los robots de seguridad nos cercaron. A él lo echaron a un lado, a mí me apresaron. Me juzgarán de nuevo, y esta vez no será por un crimen de frialdad, sino por el crimen del afecto. Tal vez me encuentren circunstancias atenuantes y me dejen en libertad, tal vez no.
No me importa. Si me condenan, esta vez llevaré mi invisibilidad como un glorioso escudo de armas.
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viernes, 9 de mayo de 2014

9 de mayo. Rusia conmemora aniversario de la Victoria sobre el nazismo
















9 de Mayo de 1945, Día de la Victoria






Aún hoy, sesenta y seis años después, Rusia, como cada aniversario, conmemora la victoria sobre el nazifascismo.
En el gigantesco desfile conmemoratorio del 2011, resultó curioso, y para muchos emocionante, observar que en el encabezamiento de la parada militar, tras la bandera rusa actual, marchara un pelotón portando la bandera con la hoz y el martillo.
En primera fila, la presencia de los pocos veteranos que aún sobreviven. ¿Cuántos años tendrían entonces, cuando recorrieron más de tres mil kilómetros, desde Stalingrado a Berlín? Es que Rusia, aún hoy, desaparecida la ex-Unión Soviética, no puede olvidar aquella gesta gloriosa ni a sus protagonistas. Veinte millones de muertos respaldan esa memoria.

Túve oportunidad de hablar con algúnos de ellos. Muy pocas familias soviéticas no sufrieron daños o la pérdida de algún ser querido durante la guerra. También, es cierto que no fueron pocas las afectadas directamente por las represiones y abusos del stalinismo
.
Y aún así, el pueblo sigue manteniendo la memoria sagrada de su trágica epopeya. Aún así, los soldados iban al combate, se arrojában debajo de los tanques empuñando granadas al grito de "za rodianu, za Stalina" (por la patria, por Stalin).
Aún así, los ciudadanos de Moscú resistieron, los leningradenses derrotaron el hambre, los escritores y poetas empuñaron la pluma o las armas, desde Ilyá Ehrenburg o Vassily Grossman como periodistas y corresponsales de guerra, hasta aquellos que habían sido marginados y proscriptos, como Olga Bergholz, que inclúso había estado encarcelada, haciéndose cargo de las emisiones de Radio Leningrado, o la poeta Ana Ajmátova, que escribiría poemas épicos y los leería a los soldados o a los heridos en los hospitales del frente.

"ahora sobre la balanza
Y qué está sucediendo.
La hora del coraje ha sonado
Y coraje no nos faltará.
No nos asusta caer bajo las balas,
No será amargo quedarnos sin techo.
Tu voz guardaremos, Rusia,
El gran verbo ruso,
Libre y puro lo entregaremos
A nuestros nietos, y a salvo del cautiverio.
¡Para siempre!
( "Coraje" Ana Ajmátova, 23 de febrero de 1942)

o cantaría su profundo amor por la tierra rusa:

"Sí, para nosotros es tierra en los zapatos.
Sí, para nosotros es piedra entre los dientes.
Y molemos, arrancamos, aplastamos
esa tierra que con nada se mezcla.
Pero en ella yacemos y somos ella,
y por eso, dichosos, la llamamos nuestra."
                                                                                                                                                Algunos días después de la capitulación alemana, el 8 de mayo de 1945, el Mariscal Zhukov, refiriéndose a la toma de Berlín,  dió una conferencia de prensa que se haría célebre: "Esto no se pareció a lo de Moscú, Leningrado, ni siquiera Stalingrado.
Durante los primeros años de la guerra tuvimos a menudo que enfrentarnos con una combinación de desgraciadas circunstancias. Y tampoco tenían entonces nuestros soldados y oficiales la experiencia que acabaron poseyendo.
En esta batalla por Alemania disponíamos de gran superioridad en efectivos humanos, tanques, cañones, aviones; en fin, de todo(...). Más de medio millón de soldados alemanes tomaron parte en la operación defensiva de Berlín. 300.000 eran ya prisioneros antes de la capitulación final, y 150.000 murieron en combate. El resto huyó al acercarnos nosotros."

El Coronel Benzarin, comandante en jefe de Berlín informó que los sovéticos "perdieron miles y miles de hombres en la batalla final (las cifras estimativas calculan 800.000 hombres). La lucha fue rudísima. Quienes ganaron la batalla, en realidad, han sido los infantes y artilleros soviéticos. Los aliados occidentales bombardearon a fondo, pero su intervención no tuvo efectos militares decisivos. Es verdad que arrojaron 65.000 toneladas de bombas sobre la capital alemana, pero también nosotros, en un par de semanas apenas, disparamos 40.000 toneladas de cartuchos artilleros y de morteros.
Tuvimos que echar abajo casas enteras con tanques y cañones. Los alemanes combatían fanáticamente. Chicos y chicas jóvenes nos lanzaban granadas de mano, y atacaban nuestros carros de combate con sus infernales faustpatronen, lo que casi era un suicidio.Finalmente tuvieron que capitular el 2 de mayo, pero incluso después de la capitulación hubo miembros de las SS y de las Juventudes Hitlerianas que siguieron disparándonos desde las ruinas."

El escritor y periodista inglés Alexander Werth, que cubrió desde Moscú toda la guerra, visitando todos los lugares en que se combatió, una vez liberados, narra en su libro "Rusia en la Segunda Guerra Mundial", publicado en 1969, que "En las ruinas del Reichstag, en que se luchó fieramente a muerte, en las columnas de la Puerta de Brandeburgo, tan afectada por las luchas, en el pedestal gigante de la columna de la Victoria y del monumento a Bismarck, en la aplastada estatua ecuestre del kaiser Guillermo I, aparecían grabados miles de nombres rusos, o pintados o arañados: "Sidorov, desde Tambov", o "Ivanov, todo seguido desde Stalingrado", o bien "Mikahilov, que luchó con los nazis en Kursk", o "Petrov, de Leningrado a Berlín", etc. Había tumbas rusas en el Tiergarten, en las orillas del Reichstag y en otros sitios..."

En "la larga noche del 42", el año más terrible para el pueblo ruso, se hizo famoso un poema del escritor Konstantin Simonov, con sus tonos casi religiosos:

"Espérame y volveré; pero espérame intensamente
 espérame cuando el dolor te embriague y contemples la amarillenta lluvia
 espérame cuando el viento te azote con su cellisca
 espérame cuando el calor te sumerja en su horno
 espérame cuando todos hayan dejado de hacerlo, olvidando el ayer
 espétame cuando desde muy lejos ninguna carta te llegue
 espérame incluso cuando todos se jayan cansado de esperar...
 espérame cuando mi madre y mi hijo créan que ya no existo
 y cuando los amigos, sentados en torno al fuego, brinden en mi memoria
 espétame también, y no te apresures a unirte al brindis.
 Espérame porque volveré, desafiando a la muerte
 y deja que quienes no esperaron digan que he tenido suerte.
 Nunca comprenderán que, en medio de la muerte,
 tú, al esperarme, pudiste salvarme.
 Sólo tú y yo sabremos cómo viví:
 Es porque me esperaste, cuando nadie lo hacía."

Evidentemente, esta traducción literal no mantiene el ritmo del original, e incluso podemos afirmar que, desde un estricto punto de vista literario, como poema, es mediocre. Pero, sin embargo, en aquel otoño de 1941 en que se publicó por primera vez, y durante todo el año 1942, sin duda alguna llegó a convertirse en la poesía más popular de Rusia.
Era algo que millones de mujeres musitaban a diario para sus adentros, como si fuera una plegaria. Por lo demás resulta difícil, a tantos años vista, darse cuenta __ excepto si se vivieron aquellas jornadas en la propia Rusia__ de lo decisivo que era un poema para literalmente millones de mujeres rusas. Nadie podía decir a la sazón cuántos cientos de miles habían caído en el frente desde el fatídico 22 de junio, o eran prisioneros del enemigo, entre tal multitud de hombres desaparecidos.

Werth finaliza su documentada obra con el siguiente texto: "Y sin embargo, pese a la desilusión completa que le siguió, la trágica y heroica lucha rusa de 1941-1945 continúa siendo la más espantosa, y a la vez la más orgullosa hazaña del pueblo ruso... Hoy nos parece casi un momento épico de otras épocas, algo que nunca podrá repetirse. Para el pueblo ruso, el pensamiento de una nueva guerra es doblemente horrible; porque sería una contienda sin un Sebastopol, un Leningrado o un Stalingrado; una guerra en la cual, por doquier, sólo habría víctimas y no héroes."

Estas palabras de Werth aparecen hoy premonitorias, cuando el desarrollo tecnológico armamentista y la letal presencia del arma nuclear son capaces de borrar con fuego y cenizas las figuras, siempre difusas, de héroes o de víctimas.

Esa es la razón por la que la Rusia capitalista de hoy, a casi veinticinco años del derrumbre de la Unión Soviética, sigue considerando el Día de la Victoria como una fecha sagrada, que se conmemora con festejos e imponentes paradas militares en Moscú y en toda Rusia. Y esa es la razón porque la bandera roja, la misma que flameó sobre la cúpula del Reischtag nazi, no puede estar ausente.
Publicado por Unknown en 6:35 No hay comentarios:
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